Ignacio Rodero · Presidente Asociación Comerciantes del Mercado de la Esperanza

Lleva cuarenta años detrás del mostrador de su puesto de carnicería y charcutería, los últimos cuatro como representante de los cerca de siete docenas de comerciantes que trabajan en este céntrico e histórico edificio que en 2024 celebrará su 120 aniversario. Sostiene que comprar en ‘Plaza’ es más barato que en las grandes superficies, defiende el mercado tradicional frente al estilo de vida americana donde triunfa el centro comercial y la compra de fin de semana, y aboga por reinventarse y ser más corporativos.

“A la compra en un centro comercial tienes que ir con la lista. Aquí, sin embargo, solo compras lo que vienes a buscar”

Pregunta.– El Mercado de la Esperanza es el mejor expositor del producto fresco de Cantabria. ¿Es una buena definición?

Respuesta.– Sí, muy buena. Plaza de pescado como la de aquí no la encuentras ni en Galicia. Somos el centro neurálgico del productos fresco. En 2024 cumplimos nuestro 120 aniversario. En mi caso, creo que somos los únicos que quedamos desde entonces. Empezó mi bisabuela y en aquella época la concesión del puesto le costó 2,5 pesetas. Mi bisabuelo tostaba aquí el café que llegaba de América, bacalao, importaba las galletas danesas que servíamos al Palacio Real cuando venía Alfonso XIII, el jamón cocido polaco…

P.– Muchos de los negocios más tradicionales están gestionados por familias que no siempre encuentran relevo generacional. ¿Las jubilaciones amenazan su continuidad?

R.– El comercio es muy esclavo. Y la alimentación aún más. No quiero que mis hijos se queden aquí. Prefiero que estudien y hagan otras cosas. Mi puesto cerrará conmigo, a no ser que alguien me lo compre. Ser autónomo en este país es cada vez más difícil. Es un suplicio. En cualquier caso, comprar en la Plaza es mucho más barato que en las grandes superficies en relación calidad-precio.

P.– Más de ochenta puestos en un mismo espacio con todo lo necesario para llenar la despensa. ¿Garantía de éxito y de calidad?

R.– De éxito, no; de calidad, sÍ. Hay que tener en cuenta que el Mercado está en un lugar privilegiado, en el centro de la ciudad. Pero esto a la vez también plantea problemas, especialmente de aparcamiento. Más aún ahora que nos hemos vuelto americanos, que queremos llevar el coche a todos los sitios. El tiempo libre lo dedicamos al ocio y la compra la hacemos los fines de semana. Y si vas en coche, ¿dónde vas? Pues al centro comercial, que hay aparcamiento, pese a que en estos espacios la compra se vuelve más convulsiva y en muchas ocasiones compras productos que realmente no necesitas. A la compra en un centro comercial tienes que ir con la lista. Aquí, sin embargo, solo compras lo que vienes a buscar. Somos comercios detallistas. No te obligo a llevarte otros productos.

P.– Su mercado es uno de los espacios más visitados por propios y extraños. ¿Se notará en la facturación o una cosa es visitar y otra muy distinta comprar?

R.– Vamos a ver. En los meses estivales es exagerada la proporción de turistas. Estamos un tanto aburridos con algunos guías turísticos. Les traen, les explican cuatro cosas sobre el mercado de las que tres no son ciertas. Yo ya me cansé de corregirles. Vienen grupos de 50 personas, dos veces al día, y no les dejan ni dar una vuelta. Se los llevan en volandas. En cambio, los turistas que vienen solos sí compran.

P.– El centro tiende cada vez más a llenarse de oficinas, negocios y turistas y a vaciarse de habitantes. ¿Los clientes habituales están en riesgo de desaparecer?

R.– Sí. Porque el cliente habitual, especialmente los más jóvenes, orienta cada vez más su compra al fin de semana en centros comerciales o supermercados. Volvemos a lo mismo: viven a la americana y el tiempo fuera del trabajo lo dedican a ir al gimnasio y con los amigos, pero no a comprar, que es lo último. Además, la ciudad ha perdido oferta de ocio. Ya no hay cines, ni bares y cafeterías, que prácticamente han cerrado casi todas por culpa de unos alquileres desproporcionados.

Ignacio Rodero

P.– Tradicionalmente, los mercados de abastos se han configurado como espacios de socialización y convivencia. ¿Ya no es así?

R.– Se ha perdido un poco ese perfil, es cierto. Con los clientes más antiguos, aún se mantiene la costumbre de charlar, de contarte cosas. Con los nuevos cuesta algo más. Pero es verdad que, aunque sean jóvenes, a los clientes les gusta que les orientes, que tengas un trato personalizado y de confianza. Lo que se ha perdido sobre todo es la chanza, las bromas. Antes pasábamos muy buenos ratos.

P.– ¿Qué tiene este mercado que no tengan otros?

R.– Los comerciantes que, aunque no vayamos siempre todos a una, somos todos del mercado. Somos una gran familia de varias generaciones. Y también el público que viene, que generalmente busca algo especial.

P.– ¿Y qué le falta?

R.– Renovarnos. Antes de la crisis de 2008 se presentó un plan de renovación integral del edificio para modernizarlo. Los puestos se iban a reducir, a cambiar las orientaciones, construir escaleras mecánicas interiores, un bar que dominaba toda la plaza, con entrada también desde el exterior. El dinero estaba consignado, perol legó la crisis y este proyecto quedó en el olvido. Pese a todo, debo reconocer que el Ayuntamiento ha hecho muchas cosas en estos últimos años, pero aún quedan otras por hacer. Por ejemplo, en el interior ya no hace frío porque en Santander ya no hace frío. Pero yo he visto entrar nieve y granizo por la puerta. Nos congelábamos nosotros y también los productos.

P.– Frente a la competencia de las grandes superficies de alimentación, ustedes ofrecen tradición, cercanía, y un trato más personalizado. ¿Es suficiente para ganar la batalla o toca reinventarse?

R.– No. Debemos reinventarnos y ser más corporativos. Trabajar como unas cooperativa y hacernos un poco centro comercial y englobarnos por ramas de actividad.

P.– Comprar en este mercado es interactivo, divertido y personal. ¿Qué más?

R.– Divertido, como decía, era hace cuarenta años. Ahora no tanto. Veníamos a trabajar a las seis y media de la mañana y lo hacíamos con ganas. Pasábamos muy buenos ratos porque por aquí desfilaban todos los personajes conocidos de Santander, muchos de los cuales ‘vivían’ de alguna forma del mercado haciendo recados. También había más relación entre los comerciantes.

P.– ¿La gente no tiene tiempo para comprar?

R.– Los clientes buscan comodidad. La compra, sobre todo de alimentación, ha perdido importancia. Ahora la compra es como la cocina, inmediata. Compro lo que menos tiempo cueste cocinar. El tiempo que se dedica a cocinar es el mínimo posible. A la gente no le gusta cocinar. Y, además, muchos no saben.

“El Mercado sabe y huele a comida. A carne y pescado, a frutas y hortalizas. Para los jóvenes, a algo novedoso y para los más mayores a tradición, a 120 años dispensando alimentación. Aquí se vendía hasta carne de ballena”

Ignacio Rodero

P.– Con los precios por las nubes, no solo en Navidad, ¿ha cambiado mucho la cesta de la compra?

R.– En el mercado los precios no están por las nubes. Están estabilizados con relación al pasado año, pese a que en muchos casos los dictan las grandes superficies. Puede ser que algunos clientes compren menos cantidad, pero compran el mismo producto. Los últimos estudios de Consumo reconocían que los mercados tradicionales son los más equilibrados en relación calidad-precio. Si suben los precios, nosotros asumimos parte de esa subida y no los repercutimos en su totalidad a los consumidores. Hay que tener en cuenta que los mercados son para para el día a día. Para venir todos los días a la compra. El cliente ahora es más lineal y no se notan tanto los picos del fin de semana.

P.– Atraer a nuevos públicos, especialmente a los jóvenes que tienen otros horarios y hábitos de consumo. ¿Ese es el principal reto?

R.– Ese es el principal reto de todo el comercio tradicional. Pero como nos hemos vuelto americanos solo pensamos en el centro comercial. Nuestro público puede que sea de más edad, pero el joven que viene, repite. Aquí está la mayor oferta de alimentación de marcas pequeñas y de calidad.

P.– De un tiempo a esta parte, los expertos defienden que compartir la oferta de alimentación con la de restauración es una de las mejores herramientas para tratar de dinamizar las plazas de abastos. ¿Por ahí van los tiros?

R.– En 2032 termina la concesión de todos los puestos del mercado. Si no se ocupan, muchos desaparecerán. Este mercado puede que evolucione hacia un modelo como el de San Miguel, en Madrid, pero más grande. Hacia un gran centro de ocio y de compra. Pero a mí no me gusta ese tipo de mercado. Me gusta más tal y como era hace cuarenta años. Tiene que haber una integración con la restauración, qué duda cabe. Y también adaptarse a los cambios horarios, a potenciar el servicio a domicilio, a… Porque antes éramos 400 comercios de alimentación de barrio y ahora somos 4.000.

P.– ¿A qué sabe su mercado?

R.– Sabe y huele a comida. A carne y pescado, a frutas y hortalizas. Para los jóvenes, a algo novedoso y para los más mayores a tradición, a 120 años dispensando alimentación. Aquí se vendía hasta carne de ballena.

Un poco más

Desayuno, comida o cena

Comida

Un aperitivo

Como unas buenas rabas no hay nada.

De cuchara

Cualquier guiso de legumbres.

De tenedor

Quizá una buena chuleta.

Un postre

Arroz con leche.

Un lugar para comer

Como en casa, en ningún sitio.